domingo, 17 de febrero de 2013

V

Le llamé temprano. Tenía cosas pendientes en Sevilla y solo quería tomar una cerveza con él. Ya me había dicho que estaba con una chica. Que estaba encantado. Que era feliz. Así que cuando por facebook me di cuenta que estaba solo estos días. Que la chica que lo hacía tan feliz estaba a miles de kilómetros de él no dudé en cambiar el día de mi visita y colocarlo en uno de los que él tendría libres. 
Pasear por Sevilla con S. es un placer. ¡Lo conoce todo! A mí, que no es una de las ciudades que me gustan, consigue consigue sacarme una sonrisa cada vez que  me lleva del brazo por sus calles. El miercoles después de unas cervezas y algún café, buenísimo por cierto en un tugurio de los que solo conoce él, terminamos tomando un gintonics en su casa. La última vez que estuve allí era un piso de soltero prácticamente sin muebles. Ahora se notaba que una mano de mujer había tocado con su varita no solo la cabeza de S., que parecía más interesante, también la decoración de aquella cueva. Tenía que reconocer que la había mejorado. Además él se encargó de recordármelo a cada paso que daba. Nuria hizo ese cuadro, bastante decente, por cierto. Nuria pintó el baño, montó la mesa del ordenador, colocó ese espejo. S. más que una novia se había buscado al tipo del Leroy Merlín para follarselo. Y le iba bien. Pero yo estaba cansada de escuchar las virtudes de Nuria. Me había puesto un corpiño negro y tanga cuando no lo hago nunca que tengo alguna entrevista de trabajo solo porque había quedado con S. Ahora, en su casa, por mucho que Nuria fuese el amor de su vida yo me lo iba a follar. 
En el sofá, la erección de S. mientras me hablaba de Nuria y miraba mis piernas era evidente. Mi vida sexual siempre ha sido un afrodisíaco para él, y cuando le mentí diciendo que me hacía falta un polvo pronto su interés, al igual que el bulto de su pantalón aumentaron a la vez. S. nunca puede dejar de hacer bromas con ese tipo de comentarios, así que cuando comenzó le seguí la corriente. Empezaba a ponerlo en un aprieto. Lo sabía y me gustaba. Nuria desapareció de la conversación. ¡Ya era hora! Desde que llegué a Santa Justa no había dejado de escuchar ese nombre. S. se fue acercando poco a poco. Como si a estas alturas le diese miedo. Y comenzó a besarme en el cuello. Yo comencé a tocar sus piernas, sus muslos y su polla. Fue entonces cuando me mordió un labio y comenzó a meter su lengua en mi boca. Las manos, que aún no habían encontrado ubicación, se fueron a mis tetas. Las pellizcaba a la vez. Intentó desabrochar el corpiño y se puso nervioso. Me levanté. Comencé a desnudarme frente a él que se quitaba el pantalón y aparecía su polla. No la recordaba tan grande. La ropa terminó en el suelo mientras él me esperaba en el sofá. Fue un polvo brutal. El mueble crujió con pinta de no aguantar más embestidas. Cuando S. parecía que no aguantaría más a mi aún me quedaban ganas de más. Me acerqué a su oído, le mordí la oreja y buscando que no se corriese aún le pregunté por Nuria.