martes, 18 de julio de 2017

XVIII

Me llama y no soy capaz de decirle que no. Las cinco de la tarde y descubro, mas bien recuerdo, que esta ciudad no duerme ni si quiera en la hora de la siesta. Que existe gente que enlaza cervezas y ron con cocacolas y peinan canas, o mostachos hirsutos mientras en un bar cutre de barrio le soban la mano a la camarera cuando lo que quieren es babearle el cuerpo. Que los baños, aunque con costras tienen espejos impolutos, limpiados con aspiradoras nasales.
Me llama y no soy capaz de decirle que no. Y sigue teniendo una de las sonrisas más irónicas de esta ciudad, y conoce las droguerías de los callejones y solo me permito darle varias caladas a un canuto. Por que aunque siga sin saber decirle que no, ya no puedo seguir, ni quiero seguir, su ritmo, y en casa me espera para dormir una hija, que podía haber sido suya y a la que doy gracias cada día por que no sea así.
Me llama y no soy capaz de decirle que no. Pero se hace tarde y una chica, como yo hace veinte años, le ha puesto ojitos, le ha enseñado el escote y medio gramo más. Así que no tengo que decirle que no. Solo tengo que saludarle desde la puerta, lanzarle un beso con la mano y huir.

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